Con la mira puesta en la reconstrucción chilena
Marcos Álvarez, periodista de Punto a Punto, vivió desde adentro las consecuencias del terremoto de Chile como enviado especial de América TV y Canal 7 de Mendoza. En estas notas cuenta sus vivencias sobre la tragedia, los costos económicos del sismo y las posibilidades que la reconstrucción abre para numerosas empresas mendocinas.
Los primeros informes especializados estiman que Chile deberá invertir unos US$ 30.000 millones para ponerse nuevamente de pie luego del megaterremoto de 8,8 grados. El dato no es ninguna primicia, pero lo que sí es nuevo es que algo de ese dinero podría llegar a Mendoza porque varios empresarios locales analizan seriamente la posibilidad de participar como proveedores de esa reconstrucción.
Los que ya tienen negocios del otro lado de la Cordillera corren con ventaja, ya que la legislación chilena es muy clara con respecto a las participaciones accionarias que deben tener las empresas que quieran hacer negocios allí y que establece la prioridad de tener, sí o sí, un socio chileno. Otras Pymes están averiguando qué requisitos deben reunir para estar listas cuando se active la demanda. Los potenciales beneficiados, si finalmente surgen los negocios, serán las empresas del rubro de la construcción y sus derivados (aberturas, equipamiento, mobiliario, etc.), los proveedores de materias primas y las Pymes dedicadas a la manufacturación de elementos de primera necesidad.
En algunos casos, los lazos afectivos que unen a Mendoza con ciertas regiones de Chile facilitarán las transacciones y la transmisión de las necesidades. Pero además, es clave conocer que la región del Maule (Curicó, Talca y Linares, entre otras provincias que la conforman) es netamente agrícola. Los cultivos de frutales, de granos e incluso de vides son el soporte de su economía y hasta tienen una fiesta de la Vendimia como la nuestra. Por lo tanto, su paisaje ofrece escenas muy similares a las que vemos aquí, algunas de las cuales fueron muy afectadas por el megasismo.
Fue el caso de Concha y Toro, que aquí posee las bodegas Trivento y La Chamiza. Según el portal especializado Mosto.cl, los daños estructurales han sido tan importantes que la mayor exportadora chilena de vinos se vio obligada a suspender la cosecha y sus operaciones logísticas. Otras bodegas también fueron muy afectadas y en las rutas de acceso al Maule se percibía con facilidad el clásico olor a vino derramado. Así, los plazos se han acortado dramáticamente, por lo que es necesaria una reconstrucción.
Esto no quiere decir que los chilenos no sean capaces de ponerse en pie por sí mismos, pero la magnitud de la catástrofe generó una demanda que es posible que las constructoras chilenas no puedan satisfacer, ya que por el momento están sobreocupadas en la demolición y remoción de escombros, y en la reparación de las indispensables carreteras que unen los pueblos.
Mientras se organiza la demanda, no se puede pasar por alto el movimiento económico que generó su par telúrico en Mendoza. El primer dato fue la caída de reservas de trasandinos que deseaban venir a Mendoza. Al menos unos 3.000 turistas se tuvieron que quedar con las ganas de estar en la Vendimia del Centenario. Afortunadamente para los hoteleros locales, esas bajas se reemplazaron por otras que estaban en espera.
Mientras tanto, en las primeras horas posteriores al terrible sismo de las 3.34, nuestra provincia se vio beneficiada por su ubicación estratégica. Con el aeropuerto de Pudahuel fuera de circulación por los daños, El Plumerillo fue una de las alternativas más utilizadas, no sólo por los chilenos que estaban en tránsito hacia su país, sino por los equipos de prensa de las agencias y cadenas internacionales más conocidas del mundo.
Los periodistas de Al Jazeera, CNN, AP, Reuters, Fuji TV y APTN, entre otros, partieron desde sus diferentes centrales, volaron a Buenos Aires, luego a Mendoza y desde aquí siguieron vía terrestre hasta la Zona Cero de la catástrofe. Los remiseros más valientes de la aeroterminal Francisco Gabrielli fueron los que rápidamente consiguieron el “extra” del mes, aunque tuvieron que someterse a situaciones que no imaginaban. Pero valió la pena, ya que cada viaje les dejó entre $ 1.500 y $ 2.000. Los que no consiguieron chofer con auto, directamente alquilaron un vehículo en nuestra ciudad y luego partieron hasta la zona de la catástrofe, donde una camioneta se llegó a alquilar hasta en U$$ 150 dólares por día y sin combustible.
Pero no sólo los medios internacionales invirtieron en la cobertura del megatemblor. También los locales hicieron el esfuerzo y algunos llegaron a pagar hasta $ 50.000 en horas extras para que su personal estuviera 24 horas a disposición de la noticia. Incluso, invirtieron en la contratación de móviles satelitales que llegaron a cobrar hasta US$ 900 y 1.500 por una “ventanita” de 15 minutos de transmisión.
Obviamente, el costo más importante fue la cantidad de personas fallecidas y desaparecidas, que lamentablemente ya no se podrán reconstruir o reparar.
Un tren fantasma de 2.200 kilómetros
En estos días, muchos amigos y colegas me preguntaron qué sensaciones viví en la cobertura periodística que hicimos junto al cameraman Gerardo Tejeda para América TV y Canal 7. La verdad es que no hay palabras que permitan definirlo con exactitud.
El primer dato real es que recorrimos 2.200 kilómetros, la mayoría de ellos en medio del desastre, impulsados por un corazón periodístico que sólo se explica en la noticia. El dato sensorial es que nos sentimos como alguien que saca ticket para un tren fantasma, esa atracción de los parques de diversiones que despierta tanta curiosidad como miedo.
Es que uno sabe, por comentarios o deducción, con lo que se va a encontrar allí. Ya sabemos que la sorpresa más escalofriante vendrá en la curva, pero es necesario vivirlo para tener nuestra propia experiencia.
En Chile, nos ocurrió algo así. En Santiago, las imágenes de derrumbes y desplomes eran compatibles con la memoria sísmica que traíamos de Mendoza. Pero esa fue sólo la presentación.
A medida que nos fuimos acercando a la Zona Cero, nuestra capacidad de asombro se fue colapsando como las vigas que no soportaron el megasismo. Las retinas no alcanzaban a decodificar lo que la razón tampoco podía explicar. ¿Cómo entender que el asfalto se partiera así? Un edificio de 15 pisos se puede caer sobre sus pisos, pero ¿cómo hace para “acostarse” hacia atrás?
Ya en Concepción, ciudad en la que el sismógrafo se clavó en 8,8 grados, pudimos comprobar que el pánico, la desesperación y el temor son tan contagiosos como una epidemia. Los saqueos nos ratificaron que, en condiciones extremas, la naturaleza humana tiene sólo una alternativa: sobrevivir a cualquier costo. La falta de alojamiento y de alimentos que ni un millonario podía conseguir sólo contribuyeron a generar zozobra y a evaluar hasta qué punto tenía razón de ser una cobertura que ponía en riesgo nuestras propias vidas. Sólo la solidaridad de amigos chilenos y el privilegio profesional de estar en la primera línea de la información nos animó a seguir.
Muchos me preguntaron si vimos cadáveres, una confirmación inequívoca de la magnitud de la tragedia. Lamentablemente, sólo puedo decir que ya nada se puede hacer por ellos. Los que sobrevivieron nos necesitan. Porque mucho peor que ver los edificios destruidos o vivir los saqueos, es observar cómo todo lo establecido, todo lo que conocemos o amamos, todo por lo que luchamos día a día, se pulveriza por un capricho geológico. Todo se subvierte a un estado para el que nadie está preparado, incluso los que nos cansamos de subirnos al tren fantasma.



